sábado, 31 de enero de 2009

La cara de los payasos

Escribo para no suicidarme. Eso es lo que, al parecer, respondió Marguerite Duras cuando le preguntaron porqué escribía. Pues podría haberse suicidado. El suicidio habría sido algo mucho más valiente que su literatura. Pero esto es una opinión, y las opiniones, como todos sabemos, dan igual, así que, bien por Marguerite que consiguió hacer algo con su tiempo.

Y solo diré algo más. Algo que dijo Cioran, Emilie Michel. Dijo, “escriba libros sólo si lo que va a decir en ellos usted nunca se lo confiaría a nadie.” Y por eso, la mayoría de libros, blogs, mails, y sistemas de vida en general, me parecen una impostura.

Anoche salí a la calle. Me costó decidirme. Pensé, durante mucho tiempo, si no sería mejor quedarme en casa. Pero la casa estaba tan llena de mí misma que me ahogaba, así que hice un par de llamadas y me sentí mejor, más libre. Y después de fijar una hora (las diez y media), después de colgar el teléfono, de tener verdaderamente la posibilidad de hacer algo que no fuese asfixiarme con mis propios vómitos, me arrepentí de haber llamado y, consecuentemente, llegué tarde. Muy tarde. Justo una hora más de reflexión antes de meterme a la ducha. Me llamaron en ese tiempo. A la media hora de lucha con mis miserias. Me llamaron y me dijeron ¿Dónde estás? Y no supe muy bien que responder y dije, aún en casa. Y noté en los silencios que alguien se impacientaba al otro lado del teléfono, cosa que propició que tardase media hora más. Mis pequeñas venganzas.

Después llegué al lugar donde, supuestamente, me esperaban. Un centro cultural de esta ciudad muerta, donde los jóvenes se reúnen para charlar, ver películas y leer textos profundos, para no tener que evidenciar este hecho. Y encontré a L, al que hacía mucho tiempo que no veía. Estaba borracho. En cuanto me vio, vino hacia mí desesperadamente con los brazos abiertos. Llegó y me abrazó. Olía a cerveza. Me pareció excesivo para la relación que teníamos en el pasado que era más bien superficial, así que lo atribuí al alcohol que dominaba su cuerpo. Me besó muchas veces y me manoseó la cara recién maquillada, y el pelo recién lavado. Sus manos con olor a tabaco y polvo.

Me alegro de verte, ¿estás mejor?, me han dicho que has estado en el hospital. Y yo respondo que si, que estoy mejor, y le pregunto cuánto ha bebido. Él me dice que mucho. Yo le digo que se nota. No puedo salir de sus brazos, no puedo hacer que mis tetas dejen de tocar su pecho y mi mejilla de rozar su barba. Me alegro de que estés mejor. Sé perfectamente que todo es mentira porque ni siquiera me ha llamado en estos días para ver si estaba viva o muerta. Maldito hijo de puta, maldito hijo de puta borracho. Y me presenta a dos amigos, y entiendo que finge que ambos tenemos una gran relación porque estoy buena. Cedo. Les sonrío pensando, tenéis un amigo que es un gilipollas, y me despido con la idea de que seguramente ellos también lo sean y por eso su amistad funciona. Luego nos vemos, me dice L. Y yo pienso, espero que no sea así, pero digo, si, hasta luego. Echo un vistazo dentro buscando a la gente con la que he quedado. Están en una mesa situada al final. Atravieso el local sorteando hippies y modernos de cafetín con el pelo sucio, y llego hasta donde están con una sonrisa de plástico. Me tira la piel. Doy besos, me dan besos, pienso, no sé para qué me maquillo. Están M, E y su novio, de los que he comprendido que no pueden salir el uno sin el otro, y una chica con una mandíbula inferior enorme que le da aspecto de retrasada mental, o al menos de persona con muchos problemas para entender las cosas. Todos esperan que diga algo, así que digo algo. Digo muchas cosas como si fuese el ventrílocuo de mi misma. Diana haciendo hablar a Diana, y mi boca se mueve arriba y abajo, arriba y abajo, dejando salir una voz rara que no reconozco como mía. Todos ríen un poco, sobretodo la chica de la boca extraña, y yo quedo satisfecha de mi espectáculo porque ya he cumplido y me he ganado unos minutos de silencio para mí misma, hasta que otra vez me toque el turno de hablar, de sacar el ventrílocuo y recibir risas como recompensas.

Después salimos de allí. Volví a encontrarme con L y con sus besos y sus abrazos, esta vez algo más contenidos, supongo que porque ya estaba menos borracho para tomarse esas licencias. Fuimos hacia otro bar.
M decidió irse a bailar con una amiga a una discoteca. Me dijo ¿Vienes?, y me pareció una broma. Le dije, aún no me encuentro del todo bien, y ella me creyó. Me quedé con E y su novio, que bebían cócteles de colores extraños. El de E era amarillo chillón, el del novio era rojo sangre. No quise probar ninguno. Dije, salgo a fumar. Y salí a fumar con mi cerveza en la mano. Después volví a entrar. Me senté de nuevo junto a E y su novio que discutían. De vez en cuando se pegaban de broma, luego uno de los dos cedía, se besaban, y volvían a discutir. Un par de veces quisieron hacerme partícipe a mí también de su juego, pero hace tiempo que yo había echado cal sobre esa fase de la vida y no me pareció oportuno fingir que no era así. A mi alrededor, ni un tío bueno al que utilizar para dar sentido a la noche. E percibió mi malestar en un descuido; me di cuenta porque cuando me miró me sentí desnuda y traté de disfrazar mi tristeza, pero no sirvió de nada. Expliqué, dije, no tengo un buen día. Y su novio respondió que no tenía que ser un circo cada noche. Entonces, con mi tristeza a la vista, me sentí peor. Supongo que con buenas intenciones, me preguntaron acerca de lo que estaba escribiendo. Dejaron de lado su conversación sobre el vegetarianismo y pasaron a la conversación sobre mi escritura. Me lo tomé como una concesión, así que di una respuesta estándar, sin profundizar mucho con el simple propósito de rellenar el formulario. Si, pero, ¿de qué trata?, me preguntaron. Y a eso no pude responder. Dije, no lo sé, no trata de nada. Y me miraron confusos pidiendo más. Y entonces utilicé el lenguaje de los críticos literarios, con una enorme sensación de traición a mí misma. Me dije, perdónales, porque no saben lo que hacen. Y traté de traducir pero no sé si lo hice demasiado bien. Luego dije que tenía sueño y que quería irme a casa. Ellos quisieron quedarse a terminar sus bebidas de colores. Me despedí, besé y abracé, y E. me dijo, mañana te llamo, que descanses, y yo pensé que, por suerte o por desgracia, eso era algo totalmente imposible.

jueves, 29 de enero de 2009

De hombres y perros

Me levanto relativamente temprano. Me tomo unos minutos, como siempre desde el momento en el que abro los ojos, para analizar el estado de ánimo que predominará a lo largo del día. Siento que no es demasiado bueno. Lo acepto, sin embargo me levanto de la cama para abrir la ventana de par en par. Que entre algo de aire, que entre algo de luz, me digo. Y entra, y siento frío, así que busco una bufanda enorme que compré en las rebajas y que todavía no he lavado desde entonces. Tiene un olor raro pero me gusta mucho moverme por la casa con esa bufanda.

Salgo de mi habitación. Desde el pasillo escucho con decepción el ruido de platos y vasos en la cocina. Abro la puerta y encuentro a mi compañera de piso mojando un croissant en el café. Buenos días. Buenos días, respondo, y me voy al baño para ganar tiempo con el fin de que la conversación matutina no se produzca de golpe. El espejo me devuelve una cara pálida que nace de un enorme y sucio trozo de lana enroscado con prisa en el cuello. Buenos días. Vuelvo a la cocina. El silencio es una losa fría sobre mi espalda. El silencio son cuchillas y lápidas, es una casa sin muebles. Mi compañera de piso tiene cara de cadáver. Se está pudriendo, pienso. Y preparo café. En silencio. Mi compañera de piso se levanta de su silla y empieza a guardar los alimentos embolsados con una lenta sinfonía de plásticos. La miro. La odio porque es fea, pienso. A veces sueño con pegarla solamente porque me siento directamente atacada por su fealdad. Al agacharse a recoger un cubo lleno de ropa limpia veo su tanga y parte de su culo blanco. La mataría. Durante estas últimas semanas se han estado librando pequeñas y secretas batallas en esta casa. La calefacción, por ejemplo, constituye uno de los motivos desencadenantes de una de estas luchas silenciosas. Cuando siento un poco de frío, me dirijo hacia el aparato que controla la temperatura y subo un poquito la ruedecilla. Es cuestión de tiempo, y al final siempre acabo comprobando llena de rabia que ella ha vuelto a girarla en el sentido contrario. Hace tiempo que dejé de hacerlo porque he admitido que ella es más terca que yo. Pero existen otras cuestiones. Mi compañera de piso es una persona que no tolera bien los cambios. La tapa del water tiene que estar bajada, o la cortina de la ducha perfectamente plegada y recogida en un lado. Es la guerra fría, enfrentamientos no declarados que por supuesto no se mencionan en el desayuno. Alguna vez ha censurado sin éxito alguna de mis negligencias al poner la lavadora, pero creo que ahora ya está cansada. Ha comprendido que siempre fallará algo, si no es mi descuidado método de hacer la colada, será mi manera de tender la ropa, o mi manía de olvidar mis objetos personales en la cocina. El problema es que pasa demasiado tiempo en casa. El problema es que es fea. Yo observo su desesperado empeño en que la casa se mantenga siempre ordenada y limpia, la miro poner obsesivamente pinzas de la ropa en los paquetes de café o en las bolsas de galletas, y además de desear con violencia su muerte, siento, en el fondo, cierta lástima. Me produce horror contemplar su cara. Sus enormes fosas nasales, su piel blanquecina de trucha enferma, su pelo encrespado y seco por el uso continuado de tintes de mala calidad. Que fea eres, pienso cuando me habla. No consigo pensar en otra cosa. A pesar de su desagradable aspecto físico ha logrado encontrar novio. Sobra decir que es igual de feo que ella, pero es más simpático. Tiene sentido del humor y se nota que es consciente de la situación. Cada vez que entro a la cocina y los encuentro en una de esas cenas que organizan una vez por semana, sentados uno frente al otro, alimentándose mientras comparten puntos de vista, siento los ojos de él sobre mi cuerpo. Me mira suplicante como un perro encerrado en una jaula que ve en los nuevos visitantes la posibilidad de salir de la perrera. Nadie te sacará de ahí porque eres feo. Aunque en mi vida he conocido a algunas personas vulgarmente solidarias que adoptan perros sin una pata, o sin una oreja. Luego lo enseñan a sus visitas en el salón de casa y dicen orgullosos “Este es Tomy, lo queremos muchísimo. Lo cogimos hace un par de años de la perrera, pobrecito, sus antiguos dueños lo maltrataban”, o quizá ni siquiera le den importancia a sus deficiencias y aparenten normalidad mientras los invitados se preguntan turbados dónde demonios está la oreja que le falta. Y así es como todo perro puede hacerse un hueco en este mundo. Pero yo nunca haré ninguna obra de caridad. El novio de mi compañera de piso tendrá que seguirse enfrentando al tanga viejo y al culo blanco y fofo. Y ella, ella, supongo, corresponde a mi odio hacia su fealdad con su odio hacia mí por ser guapa. Siempre es así.

Después bebo silenciosamente mi café. Ella sale de la cocina. Pienso que se quedará en su habitación y que por fin podré desayunar en paz, pero vuelve y coloca frente a mí su ordenador portátil. Me explica que hoy tendrá que trabajar un poco en su tesis. Yo también debería estudiar, le digo por decir algo. Y sigo bebiendo mi café y pensando en que quizá debería realmente hacer algo para los exámenes, sabiendo en lo más profundo de mí, que no lo haré de ninguna manera. Y entonces se abre la puerta y entra mi compañero de piso. Ha debido madrugar mucho porque ya está vestido para salir a la calle. Nos saluda cariacontecido. Nos dice, buenos días, chicas, y yo siento una especie de escalofrío al verme encerrada dentro de un mismo sustantivo junto a la trucha enferma. Mi compañero de piso tampoco parece tener buen día hoy. La trucha le pregunta si le pasa algo. Él responde que no se encuentra demasiado bien. Hace poco murió su padre. Ahora, al parecer, la familia quiere despedirse, hacer una especie de conmemoración con amigos y conocidos, y G, mi compañero de piso, es el encargado de leer el discurso a su memoria. Dice que no sabe si será capaz de leerlo sin emocionarse. Le escuchamos en silencio. Yo no sé qué decir, así que convengo que lo mejor será estar callada. Mi compañera de piso hace un par de comentarios absurdos, dice que quizá podría escribir algo un poco Light, sin entrar en muchos detalles. Lo dice con media sonrisa. Supongo que quiere quitarle hierro al asunto. Él asiente. Después ella cambia de tema. Está claro que le da igual. No sé si es porque mi padre también morirá dentro de poco y la empatía hace que sienta pena por G, pero me dejo llevar por el sentimentalismo y trato de mirarle con toda la comprensión de la que soy capaz. Después él se va a trabajar y mi compañera de piso y yo nos quedamos otra vez en silencio en la cocina. No es un ambiente agradable, así que vuelvo a mi habitación. He dejado la ventana abierta y entra mucha luz. Me iré a dar un paseo, digo. Y unas horas después paseo por Venecia con el Ipod a todo volumen y sin mi bufanda gris.

miércoles, 28 de enero de 2009

Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder
























Este es nuestro libro. Me resulta extraño decir este es nuestro libro ahora que sé que de verdad existe el libro. En realidad yo todavía no lo he visto. Y no lo he visto porque un día, no sé porqué, decidí que este año viviría en Italia, pero bueno, este es nuestro libro y sale el 13 de Febrero. Se puede comprar, en caso de que a alguien le interese, en, por ejemplo, la Casa del Libro.

Estoy contenta. Quiero decir, es una cosa que me hace feliz. Hace poco teclee Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder en Google, y sorprendentemente salía el libro. Nuestro libro. Entonces llamé a muchas personas. Algunas se pusieron contentas. Mi madre estaba orgullosa, me dijo ¿Y cuándo puedo comprarlo? Tuve que explicarle tres o cuatro veces lo mismo, y al final me dijo nervisoa que cuando saliera lo compraría. Tiene gracia. A parte de un par de libros muy instructivos sobre los cuidados necesarios de los bebés que comprase allá por el 85, no creo que mi madre haya vuelto a entrar en una librería. Y está contenta. No sé si será porque nunca he hecho nada digno de consideración en mi vida, supongo que si, pero para ella esto es la ostia. Me la imagino contándoselo con orgullo a la vecina de casa. La imagino leyéndolo en el sofá, con la tele encendida, en la cama con la luz de la mesilla mientras mi padre duerme.

Yo también tengo ganas de tenerlo entre las manos. Nuestro libro.

martes, 27 de enero de 2009

El amor

He comprado tabaco de liar. Sé que siempre he asociado el tabaco de liar a la pretensión de algunos por parecer más bohemios, o más de izquierdas, o lo que quiera que parezcan, pero tenía intención de fumar menos. Y no funciona. Quiero decir, ahora, mientras escribo, doy algunas caladas a mi cigarro manufacturado y, por un lado está bien, porque no se consume, porque espera pacientemente a que termine las frases, pero por otro, no lo está en absoluto; cuando se acaba tengo que liarme otro y pierdo mucho tiempo. No soy muy hábil, a decir verdad, y las palabras a veces necesitan salir con cierta urgencia. Mientras lío el cigarrillo se acumulan en el cerebro formando auténticos desastres, como si, de repente, dejase de funcionar una cadena de montaje. Y muchas las pierdo. El tabaco de liar me hace perder tiempo y palabras. Volveré al Lucky Strike lo antes posible.

R. ha intentado enseñarme a liar bien los cigarrillos. No he aprendido, o más bien, no he querido aprender. Él dice que según mi método termino fumando más papel que tabaco. Siempre tengo la impresión de que trata de instruirme. También quiere enseñarme a cocinar. Yo no tengo claro si quiero aprender a cocinar. Sigo fumando papel y alimentándome con el simple propósito de la supervivencia. Comer me parece una pérdida de tiempo. He descubierto que odio ir a cenar con otras personas, que no me gusta sentarme frente a alguien y comer, ver comer a esa persona, observar como mastica y disfruta masticando. No entiendo por qué se hace. No sé porqué las personas quedan para comer. La gente no se reúne para, por ejemplo, cagar, y en realidad es lo mismo, forma parte del mismo proceso de digestión. En definitiva, odio tener que presenciar ese tipo de cosas, me parece ridículo.

He terminado mi cigarro. Tengo que liarme otro. Soy consciente de que después de esta frase que termina comenzaré a perder ideas. A partir de este momento, solo puedo perder.

De cualquier manera, cambiar de formato de cigarrillos se debe a un único fin. He estado una semana ingresada en el hospital. No quiero morir. Hay muchas cosas por las cuales merece la pena vivir. Otras muchas por las cuales sería conveniente pegarse un tiro, pero la vida tiene una ventaja sobre la muerte en este caso: yo ya estoy aquí. Es decir, la vida ya está en proceso, no estoy preparada para decidir cosas drásticas como, por ejemplo, pegarme un tiro, ahora solo puedo dejarme llevar.

En el hospital había un enfermero con rastas. No era demasiado guapo, además a mí no me gustan los chicos con rastas pero, dadas las circunstancias, lo consideré inmediatamente bastante atractivo. A pesar de que el único profesor joven del colegio se esté quedando un poco calvo y use pantalones negros con calcetines blancos, terminas queriendo follar con él, con el paso del tiempo, quizá enamorándote. El chico con rastas llevaba camillas de un lado para otro, pasaba por delante de la puerta de mi habitación. Yo a veces salía al pasillo, los médicos me habían recomendado dar pequeños paseos, así que salía al pasillo y caminaba un poco. En el pasillo sus rastas de un lado para otro, en mi habitación dos señoras mayores recién operadas. Salía al pasillo y le miraba un poco. Entraba dentro y me ponía a leer. Me había llevado los diarios de Kafka, más que nada para que cuando alguno fuese a visitarme pudiese ver perfectamente en mi mesilla los diarios de Kafka. En realidad habré leído dos páginas de las cuales probablemente haya entendido tres frases. El pasillo, la habitación, Kafka.

En los hospitales el tiempo pasa muy despacio. Cada cierto tiempo alguien entra para proporcionarte algún tipo de dolor. Casi siempre mediante agujas, pero tienen otros métodos como el enema, la gastroscopia o el tacto rectal. Una de esas veces le tocó a él hacerme un análisis de glucosa en sangre. Vino hacia mí con un aparato. Me dijo buenas tardes. Le respondí con un hola un poco anémico mientras él cogía mi mano izquierda. Le dí dócilmente mi mano y concentró su atención en el dedo índice. Me dijo, ahora voy a pincharte. No contesté pero fue como si hubiera asentido. Entonces vi que sus manos temblaban un poco, y supe que no conseguiría nada a la primera. Pinchó y no salió sangre. Se disculpó, Volvió a pinchar. Sonreí para rebajar un poco la tensión del momento. Escogió otro dedo, el dedo corazón, y pinchó de nuevo. Volvió a disculparse. Temblaba más. Para él la situación era bastante parecida, rodeado siempre de señoras con reuma y pañales. Eso pensé. De algún modo deseé el cuarto pinchazo. Dolió y me gustó que doliese. Salió sangre y él la recogió con el aparato. Luego dijo que tendría que ponerme un poco de glucosa por la vena, y yo me alegré secretamente. Al poco tiempo vino con una botella de cristal que enganchó delicadamente a mi brazo perforado por la vía. Sonreí agradecida y él me devolvió la sonrisa.


Después sus visitas a mi habitación se hicieron más frecuentes, hasta que prácticamente llegó a convertirse en mi enfermero personal, en el único encargado de suministrarme pequeñas dosis de dolor. Hablábamos. Mis compañeras de habitación presenciaban extrañadas nuestras conversaciones. Los diarios de Kafka sobre la mesa. Le conté que yo también iba a publicar un libro.

Cuando estuve mejor incluso salíamos a fumar juntos a una pequeña terraza en la sala de espera. Intercambiamos los números de teléfono, se habló incluso de una fiesta a la que iríamos cuando yo me hubiese recuperado del todo. Por la noche, cuando todos se habían ido a casa y el hospital estaba a oscuras y en silencio, recibía algún que otro mensaje suyo al móvil preguntándome por mi estado de salud. A mí me entretenía pensar que terminaría follándomelo en el cuartito de las sábanas limpias.

Después llegó R. y posicionó su silla al lado de mi cama para darme la mano, para cuidar de mí. Y se acabaron repentinamente los análisis de sangre, dejó de venir a tomarme la tensión y a inyectarme calmantes en el culo. En su lugar vino Luciano, un viejo de aproximadamente sesenta años. Fue algo muy poco profesional, a mi modo de ver.


Desde el pasillo, R y yo debíamos parecer una pareja muy feliz porque no volví a recibir sonrisas, ni miradas, ni mensajes nocturnos. Pensé que era mucho mejor así. Eso pensé, porque al fin y al cabo ni siquiera me gustaba. Y a los dos días R. me llevó a casa y cocinó para mí. Comí, como siempre, avergonzada. Era sopa de verduras. Después follamos. Muchas veces. Yo me moría de ganas a pesar de estar algo débil. En realidad fue él quien hizo la mayor parte del trabajo, yo me limité a dejarme hacer. Su olor, su piel, y todo eso. Lo había echado de menos, podría haber estado follando toda la noche pero él dijo que tenía sueño, que al día siguiente tenía que hacer muchas cosas. Yo me fumé el último cigarro a contrarreloj, presionada por su cansancio. Después dormimos. A las cuatro de la mañana me desperté otra vez con un fuerte dolor en el abdomen. R. dormía a mi lado y no quise despertarle. Salí a fumar a la cocina, como de costumbre, con el móvil en la mano. Puse música y le mandé un inspirado mensaje de despedida al enfermero. Esperaba que pudiese llegar a ser un sutil modo de recomenzar nuestra relación, pero no contestó.

Y a la mañana siguiente compré tabaco de liar marca Drum, paquete amarillo, con sus filtros y su papel. Y me hice unos cuantos cigarrillos y R. censuró mi método, y hoy pienso que estaba bien fumar Lucky Strike, que era mucho mejor. Y no, no pienso aprender a cocinar.

jueves, 15 de enero de 2009

Sentimiento de culpa

Me despierta el sonido del móvil. Al intentar incorporarme siento un dolor agudo en mi brazo izquierdo. Una mala postura, pienso. Sigue doliendo. Se me ocurre que quizá pueda tratarse de un principio de infarto. Decido quedarme tumbada hasta que remita el dolor o, por el contrario, llegue la hora de mi muerte. El móvil deja de sonar. El dolor cesa. Salgo torpemente del amasijo de sábanas y mantas, y alargo el brazo hasta alcanzar el teléfono. En ese momento, vuelve a sonar. Respondo en un dudoso italiano. R. al otro lado dispara propuestas con una voz cargada de positividad. Me plantea ir al cine por la tarde. Al parecer ponen una película bastante buena, Vals con Bashir, que ha ganado un montón de premios. Busco en mi cerebro las referencias que podría llegar a tener a partir de su título. Lo recuerdo inmediatamente. El otro día, mi compañera de piso y su novio cenaban en la cocina. Yo fingía dormir en la habitación de al lado. Seguramente, me había despertado el horrible olor a pescado frito. Mi compañera de piso comentaba algo acerca de una película de dibujos animados que había ganado un Oscar. Hablaba con un ridículo entusiasmo sobre la técnica narrativa, sobre el diseño impecable de los dibujos, sobre su originalidad. Recuerdo con espanto, que se trata de una revisión histórica sobre la guerra del Líbano. El novio permaneció callado durante todo el discurso, hasta que al final comentó algo brevemente para disentir de alguna de sus opiniones. Luego siguieron comiendo pescado frito y hablando sobre libros, política, y otras muchas cuestiones opinables. Le digo a R. que de acuerdo, que iré con él al cine, a pesar de que la guerra del Líbano tiene una importancia igual a cero en mi vida. Me propone cenar primero en su casa. Acepto, entre otras cosas, porque mi despensa está bajo mínimos.

Una vez allí, me vi en la obligación de saludar a todos sus compañeros de piso y a algunos amigos de éstos. R. tardó alrededor de una hora en cocinar risotto para todos, por lo cual, yo me quedé naufragando en la conversación, sin tabla de salvamento a la que asirme, durante todo ese interminable tiempo. Los grupos me producen angustia. Prefiero, por lo general, y si no queda más remedio, mantener conversaciones con una sola persona, ya que así me es más sencillo decidirme por una identidad en concreto. En los grupos uno nunca sabe muy bien qué postura adoptar. Después cenamos. Mientras lo hicimos se produjeron unos cuantos silencios bastante horribles en los que solamente era posible escuchar la masticación del comensal más cercano. Afortunadamente R. salvó las situaciones lo suficientemente rápido como para que la cena no fuese un completo desastre, aunque, a mi modo de ver, lo fue sin lugar a dudas. Después de cenar todos tomaron café. Yo empecé a desesperarme, a fumar sin parar, a dar grandes tragos a mi copa de vino. R, supongo, percibió mi malestar e hizo todo lo posible por sacarme de allí cuanto antes. Quince minutos más tarde caminábamos hacia el cine. Llovía, pero a pesar de ello, no quise ponerme la capucha. R. por contrario, lucía un sombrero un tanto ridículo sin ningún pudor.

Me senté en la butaca sin ninguna esperanza. R. me besó y comentó algo acerca de la pantalla y la colocación de los asientos. Yo escrutaba a la gente que tenía alrededor, decidida a odiar indiscriminadamente a todos y cada uno de ellos. Delante de mí había una pareja que comía palomitas y se besaba, alternando las dos acciones hasta que la película dio comienzo. En la oscuridad, acaricié la mano de R. Después pensé: sería mejor estar en casa. La película tenía un buen comienzo. Me atrapó durante al menos media hora. Luego empecé a aburrirme y a pensar en sexo. Sexo, sexo, sexo. R. sobre mí, empujando con fuerza. Después algunas escenas emotivas, con una música que estuvo a punto de hacerme llorar en un par de ocasiones. Logré contener las lágrimas, aunque si hubieran encendido las luces en ese momento, cualquiera podría haber adivinado que estaba un poco afectada. La película acabó con unas imágenes reales, bastante espantosas, de la masacre de Sabra y Chatila. Después de los títulos de crédito, la gente permaneció unos minutos sin poder moverse de sus asientos. Me pareció todo una hipocresía y me arrepentí inmediatamente de haber ido a ver la película. Cuando miré a R. descubrí que tenía los ojos húmedos.

Cuando salimos del cine, R. comentó un par de cosas sobre las injusticias del mundo. Yo caminé prácticamente en silencio. Era demasiado tarde; después de la película, determiné que había tenido suficiente dosis de política internacional. Aún así, él siguió explicándome, y dándome cifras y datos con los que, objetivamente, no creí que pudiese hacer nada en mi vida.

Al llegar a casa puse un poco de música mientras R. preparaba té. ¿Sabes que Francesco ha vuelto con Èlena?, me comentó de repente. No, contesté. Él sonrió como si guardase dentro una información importantísima para la humanidad. Fingí curiosidad para no decepcionarle y pregunté que cómo lo sabía. Arqueó las cejas dándome a entender que no me revelaría sus fuentes. Seguí mirándole pretendiendo parecer expectante. Algo debió fallar porque a continuación me dijo que no parecía muy sorprendida. Es que no me sorprende, le dije. ¿Y eso?, preguntó él. Porque la gente se siente muy sola, es normal que hayan vuelto, respondí encendiéndome un cigarro. El siguió sonriendo y vertió el agua hirviendo dentro de mi taza. Sumergí mi bolsita de té con cuidado. Yo creo que se quieren. Tienes que querer mucho a alguien para perdonarle una traición así, dijo él, yo no podría volver con una chica que se ha acostado con otro. Le miré largo tiempo mientras daba pequeños sorbitos al té. No considero que follarte a otra persona sea verdaderamente una traición, dije al fin. Me miró confuso. Tú parece que nunca te has enamorado, me dijo. Pensé que la conversación no tenía ningún sentido y que sería mejor acabar cuanto antes. Había terminado mi té. Sonreí un poco forzada, le besé en la frente y me fui a la habitación. Cuando llegó se sentó a mi lado y comenzó a besarme en el cuello. De repente me invadió esa sensación de vacío, como si la falta de sentido de la existencia se me metiera dentro y se extendiera ocupándolo todo. Me mantuve reticente a sus caricias y a sus besos, hasta que al final tuve que apartarle suavemente con las manos. ¿Qué pasa?, me preguntó. No respondí. Miré el dibujo del salvapantallas del ordenador sintiendo un nudo en la garganta. Encendí otro cigarro. Sus ojos verdes me miraban con miedo. Me preguntó si había dicho algo que pudiera molestarme. No, no es culpa tuya, le dije. Creo que solo necesito estar sola. Tú duérmete. Y volví a la cocina, donde me puse a leer un libro que, por fortuna, había metido esa misma mañana en el bolso. Estuve una media hora sintiendo una extraña presión en el pecho, sin poder entender nada de lo que leía. Después fui hacia el baño y vomité la cena. Cuando volví a la cama R. dormía plácidamente. Tenía una expresión tranquila, como los niños pequeños cuando duermen. Me metí en la cama sin hacer ruido y le abracé con cuidado. No es culpa tuya, le dije. Y después me dormí.

miércoles, 14 de enero de 2009

Cada loco con su tema

Llegué a casa después de haber dejado a E. Llevaba cerca de dos semanas manteniendo dos relaciones contemporáneamente. Ahora, había llegado al punto en el que una de ellas se impone sobre la otra, en la que uno de los candidatos gana terreno y te obliga a elegir una opción.

En realidad, cuando salí de casa sobre las 20:30, no tenía en absoluto intención de dejarle, pero así es como se desarrollaron los acontecimientos. Y, para ser sincera, fue más fácil de lo que imaginaba en un principio. Lo encontré en el bar de siempre, algo borracho. Ni siquiera teníamos una cita; fue un encuentro casual. Se alegró infinitamente de verme, (a pesar de que hizo lo que pudo por contener su emoción.) Hablamos un poco sobre temas de la vida práctica, y después llegaron unos cuantos amigos con los que no me apetecía nada intercambiar impresiones, y a los que por tanto, ignoré consecuentemente toda la noche. El único contacto que tuve con ellos fue que alguno, de vez en cuando, llenaba mi vaso de vodka. Yo lo bebía sin rechistar. Poco a poco fui emborrachándome. Cuando bebo me convierto en una persona más afectiva de lo habitual, así que, a pesar de mi propósito de mantener las distancias, no pude evitar dirigirle a E. algunas miradas furtivas pidiendo amor. También por aburrimiento y por cansancio. De esta manera me propuso cenar en su casa. Yo acepté un poco inconscientemente, y mientras caminábamos hacia su casa, (yo sin mucho convencimiento) le confesé lo que había pasado con R. la noche anterior. En realidad llevaba sucediendo un par de semanas, pero me había propuesto que le haría conocedor de la historia de una manera progresiva. Me dijo que me fuera a casa. Me dijo que no quería verme más. Sentí, y me siento quizá algo culpable por ello, que me había quitado un gran peso de encima. Me quedé inmóvil en mitad de la calle, sin poder pensar en nada durante unos minutos. Luego encendí el Ipod y me puse a caminar pensando que mi vida era una película, que algún director del mundo debería interesarse por mis historias y hacer una película sobre mí. Cuando mi Ipod cambiaba de canción, en ese intervalo de silencio entre las dos canciones, volvía a sentirme un poco triste y sola en el mundo. Luego Otis Redding ponía banda sonora a mi vida y pensaba en R. y me sentía enamorada. De cualquier manera no barajé, ni por un momento, la posibilidad de volver a llamarle para darle explicaciones. Caminé despacio por las calles, deteniéndome a veces a contemplar los canales, alguna tienda de zapatos, las luces de las calles, las estrellas.

Cuando llegué a mi portal, recé para no encontrarme con ningún ser humano despierto en casa. Desde fuera no pude ver ninguna luz, así que entré con esperanza. Nada más abrir la puerta, el gato vino a saludarme. Se tumbó en el suelo como hace siempre que quiere que le acaricien. Le hice el par de carantoñas de rigor, un poco por obligación, y después trasladé mis objetos (unos cuantos libros, mi libreta, y el portátil) hasta la cocina, que, a pesar de la temperatura bajo cero, es donde verdaderamente puedo escribir. De repente, escuché un ruido en las habitaciones del fondo. Pensé que sería el gato, últimamente está un poco inquieto. Abrí mi correo, encontré un par de mails prescindibles, releí lo que había escrito el día anterior, me cabreé conmigo misma por tener tan poca imaginación, y me concentré en la tarea de la corrección, que tantos quebraderos de cabeza me está dando. En ese momento se abrió la puerta de la cocina. Entró un cuerpo. Era mi compañero de piso. Miré su expresión para hacerme una idea de lo que me esperaba. Las personas, aunque traten de ocultarlo, tienen distintas caras si están predispuestos a la conversación o si por el contrario, no les apetece que te dirijas a ellas. Mi compañero de piso me miró unas décimas de segundo y yo pude descifrar en su expresión ambigua que tenía ganas de cháchara. Así fue. Me preguntó qué tal, le respondí que bien. La gente nunca se conforma con un “bien”, la gente siempre quiere saber más.

- ¿Cómo has vuelto tan pronto a casa?
- Hacía mucho frío en la calle.
- Si, la verdad es que hace un frío… ¿Y dónde has estado?

Soy, normalmente, una persona más bien parca en palabras. Me siento un poco incómoda cuando la gente me interpela de esa manera. Es como si quisieran entrar en ti sin tu permiso, como si, de alguna manera, te violasen. Después de responder, más o menos, a la entrevista, mi compañero de piso quiso enseñarme algo que estaba interesado en comprar. Cogió mi portátil. Yo cerré inmediatamente la ventana con el relato que había comenzado a corregir. Tecleó una dirección, llegó a un foro. Dentro del foro, pinchó en una dirección. Yo, mientras esto tenía lugar, miraba a mi alrededor buscando al gato, buscando cualquier otro punto de apoyo. A los pocos minutos apareció una imagen en la pantalla. Era una silla que simulaba ser un coche de carreras. Mi compañero de piso, actualmente, tiene instalado en su dormitorio un par de pantallas, frente a las cuales ha colocado un volante y un asiento, éste, algo menos especializado. Me miró. Sonreí porque pensé que es lo que se esperaba de mí en ese momento. Miró a la pantalla, volvió a mirarme. Sonreí un poco más, porque pensé que no habría tenido suficiente. Después le dije que parecía cómodo. “Ochocientos euros”, respondió él orgulloso. Le miré con la misma sonrisa estándar e inexpresiva. “¡Madre mía!” Contesté yo, sin saber muy bien a lo que me refería. Después comentó algo sobre que había quedado en el primer puesto en una carrera por Internet, que estaba contento. Luego habló sobre otras cosas, que ahora mismo no recuerdo bien.

Cuando se fue me sentí prácticamente sin ninguna energía. No me apeteció corregir nada. Además hacía mucho frío en la cocina. Decidí irme a la cama. Pensé en esos ochocientos euros. En esta casa hace frío porque mi compañero de piso no quiere gastar mucho dinero en calefacción. Pasamos frío porque prefiere tener una puta silla con un volante para simular que es un piloto de fórmula uno.

Ya en la cama, a punto de dormirme, recibí un mensaje de E. Me decía que tenía pensado suicidarse dentro de dos años. Que ahora lo sabía. Había pensado estar conmigo ese tiempo pero yo había cometido un terrible error y sería imposible que volviésemos a vernos.

El mundo está enfermo.

martes, 13 de enero de 2009

I'm only sleeping

Hay mucha gente que odia a su madre. Lo he descubierto tecleando “odio a mi madre” en Google. No quiero pensar por qué lo he hecho. Sólo sé que hay muchas personas que no so soportan a sus madres, probablemente tampoco a sus padres, ni a nadie de su familia. Después he tecleado “quiero a mi madre”. Los resultados eran sobre todo frases que, si bien contenían esas cuatro palabras, éstas no estaban destinadas a significar lo mismo. Eran “No quiero a mi madre”, “No quiero ser como mi madre”, o bien, “Quiero matar a mi madre”. Vivimos en un mundo enfermo.

A mí me gustan mucho estos experimentos. En Internet la gente vuelca sus más oscuros pensamientos, sus deseos más inconfesables. Cuando alguien va en el autobús, no se imagina que la persona que tiene enfrente sueña con matar a su madre. Y lo cierto es que así es. Lo cierto es que la gente viaja en los autobuses, vende fruta, conduce taxis, e imparte clases de teoría de la literatura, queriendo matar a alguno de sus familiares.

En realidad, la mayoría de la gente que se sienta enfrente de ti en el metro, posee un cerebro enfermo. Pero eso nos da igual en el momento. Lo único que queremos es llegar a nuestra parada y encontrarnos con Juan, o con Pili, o con Raúl que lo ha dejado con la novia. Luego, quizá, cuando lleguemos a casa, teclearemos una frase de este tipo en Google que nos llevará a uno de esos blogs donde la gente escribe lo que verdaderamente siente, piensa o desearía hacer, sentir o pensar. Ese es el motivo por el cual la gente lee. Antes, a casi nadie le interesaban mis opiniones. He pasado media vida siendo reprobada por mis comentarios. Sin embargo, cuando la gente me lee me dice que le gusta lo que escribo, que cree que tengo talento. Lo único que puedo decir es que todos me dais mucho asco.


A todo el mundo, en realidad, le gustaría llegar a su parada y que Pili hablase abiertamente de las cosas, sin tapujos. A nadie le gusta tener un blog. A mí no me gusta, por ejemplo. Los blog me dan ganas de vomitar. Pero sé que si no lo hago algún día explotaré, y no quiero explotar, no quiero morir, aunque a veces parezca que si. Y en realidad a nadie le gusta escribir porque sí. A Borges, a lo mejor. Odio a Borges, odio ese tipo de literatura. Pero esto es algo que pienso hoy, y que seguramente mañana no piense. Es más, seguramente mañana me de vergüenza leer esto que he escrito hoy.

Bueno, pues solo eso, que la gente odia en secreto. Y cuando llegamos a las paradas de metro y nos reunimos con nuestros amigos, somos personas muy normales que olemos a perfume.

Yo he tenido un sueño extraño. He soñado con un niño. El niño, después, ha resultado ser mi hermano. Mi hermano vivo, no mi hermano muerto. Los muertos no se mueven, los muertos no piden Coca-Cola. Mi hermano pedía Coca-Cola, y yo le daba una lata muy pequeña y él la bebía feliz. Luego recuerdo que reía. Yo le daba muchos besos y el seguía riendo. Le hacía cosquillas, recuerdo que le hacía cosquillas en la espalda. A mí me gustaba que me lo hiciesen cuando era pequeña, probablemente por eso se lo hacía a él, porque pensaba que, si a mi me gustaba entonces, a él también podría gustarle. La mayoría de las veces la vida no funciona así, pero da igual. Las cosquillas hacen reír a la gente. Supongo que quería verle reír. Le sujetaba fuerte, le abrazaba. Temía que se fuese a alguna parte.

Sueño muchas veces cosas de ese tipo. Sueño continuamente esa sensación, la de que la gente va abandonarme. Es deprimente. Cuando he despertado, he visto que R. había desparecido. Luego he pensado que, seguramente, estaba en la ducha. Pero me ha costado un poco llegar a esa conclusión. No me gusta que la gente se vaya a la ducha sin avisar. No me gusta que la gente se muera sin avisar, aunque esto último no es culpa de la gente. No es culpa de nadie. R. no ha querido despertarme. R. pensaba que dormía plácidamente, que no quería despertar. Y lo cierto es que mi hermano tampoco sabía cuándo iba a morir. Nadie sabía nada. Yo era pequeña y ni siquiera había contemplado esa posibilidad. En Navidad, alguien dijo en mi casa que mi hermano tendría ahora diecinueve años. No he podido quitarme esa idea de la cabeza. Diecinueve años. Yo tengo veintitrés. Esta mañana me he asomado a la ventana. En Venecia hacía sol de nuevo. Mi hermano es un niño para siempre. La gente se muere y, en ese momento, deja de cumplir años. Los muertos siempre tienen la misma edad. Me parece ilógico, me parece inapropiado, que alguien proponga esa frase delante de una bandeja de langostinos. R. ha vuelto de la ducha y yo le he sonreído. Olía bien. Le he olido mucho rato. Luego me he sentado en la cama, y él se ha tumbado a mi lado, y ha comenzado a besarme y a acariciarme la espalda. Luego hemos desayunado. Me ha dicho: “esta noche te estaba mirando y de repente has sonreído, y me ha hecho mucha gracia.” He sonreído y le he besado. He terminado el café.

Cuando caminaba por la calle miraba a la gente que iba de un lado para otro. Iba con el Ipod, escuchando I’m only sleeping, y todo parecía una película. Con la música es como si todo tuviese más sentido, incluso las personas que hacen la compra, que lanzan la pelota al perro en la plaza, o que se hacen fotos de pareja en el puente de Rialto. Hace un día espléndido y Venecia está preciosa. Ni siquiera hace frío. Luego he llegado a mi casa y me he puesto a escribir.

lunes, 12 de enero de 2009

Literatura y vida

Acabo de limpiar la habitación. Pensaba ponerme a escribir nada más levantarme, pero no sé por qué motivo he echado un vistazo a mi alrededor, y después debajo de mi cama, y me ha horrorizado comprobar la cantidad de pelusas que se habían ido almacenado sin que yo lo supiera. Es extraño eso de las pelusas. Nadie sabe muy bien de dónde salen. ¿Qué es exactamente una pelusa? Decía que he limpiado mi habitación pero en realidad solamente he barrido un poco el suelo. Un poco, quiere decir, que he barrido sorteando los objetos con la escoba. Eso no es limpiar. Limpiar es lo que hace mi madre, cuando por las mañanas parece que ha pasado un huracán por casa y todo está dado la vuelta.

Ayer por la tarde estuve leyendo el libro de Vila-Matas durante horas. Después empecé a escribir algo, un pequeño cuento a partir de una idea bastante absurda. Al releerlo me asqueó mi falta de talento y de originalidad. Era como si lo hubiera escrito Vila-Matas con quince años. Era artificial, pretencioso y burgués. No había nada verdadero, nada que dijese nada. Mientras tenía lugar esta crisis de identidad en mi cabeza, recibí la inesperada llamada de M.. Yo ya había decidido consagrar la noche a los libros, pero me dije a mí misma que quizá si salía tendría algo sobre lo que escribir. El problema es que no me sentía con verdaderas ganas de interaccionar con humanos, y esas cosas requieren para mí una mentalización previa. Así que llegué dos horas tarde.

Es el problema de las citas. A mi me gusta pensar en las personas en abstracto. Me gusta pensar, “si quiero puedo llamar a X para tomar unas cervezas”, “Si quiero, a las once puedo acercarme hasta la fiesta en el bar X donde sé que estarán mis amigos.” Y luego, seguramente, no hacerlo. Me tranquiliza saber, por ejemplo, que R. vive un poco más debajo de mi calle, que lo veré esta semana, que mientras yo leo y escribo en esta habitación ahora, ahí fuera se desarrollan otras vidas con las que tendré contacto en el futuro. El problema es cuando ese contacto se concretiza. El problema es decirme a mi misma “a las diez y media tengo que meterme en la ducha porque he quedado con x”. Puede parecer extraño pero de mis amigos me gusta saber que existen, pero no me gusta tanto estar con ellos.

Cuando logré salir de casa me vino a la cabeza, de nuevo, la idea de Miguel. Paseaba por las calles y pensaba en una imagen de hace tiempo. Le recordé tumbado sobre mi cama en la habitación de Moncloa, con cierta turbación que le impedía mirarme a los ojos después de haber leído uno de esos relatos que escribía yo entonces (y en los que trataba ridículamente de imitar a Cortázar.) Me enterneció mucho imaginarlo así de nuevo, como un niño pequeño superado por los acontecimientos. Creo que caminaba sonriendo. En ese momento escucho una voz, “¡Hey!” y al levantar la cabeza veo uno de esos rostros que el cerebro no sabe muy bien dónde situar, y mucho menos darle un nombre. Saludé forzada, todavía con el pensamiento lleno de Miguel, un poco avergonzada y por supuesto sin ningún interés en pararme para que tuviera lugar una de esas inútiles conversaciones por compromiso (a la que por otra parte, esta persona parecía muy predispuesta). Sonreí falsamente sin dejar de caminar, y desaparecí. Después pensé en Ghost. La película. Cuando a Whoopi Goldberg la abandonaba el espíritu que la había poseído y quedaba exhausta. Ese inoportuno saludo hizo a Miguel salir de mi de pronto, y me quedé confusa y cansada, de modo que luego no pude volver a traerlo al pensamiento. Caminé un poco cabreada hasta el bar donde estaban mis amigos. Cuando llegué, como es normal cuando uno llega con dos horas de retraso a los sitios, ya estaban todos borrachos. Me costó bastante ponerme a su nivel. También me costó mucho sacarme a mí misma de mí para poder relacionarme con los otros; al llevar tantas horas conmigo estaba llena de mi. Diana llena de Diana. Otra vez Whoopi Goldberg. Lo conseguí bebiendo mucho. Mezclando sin cocimiento de causa.

La mayor parte del tiempo se habló de estupideces o no se habló de nada y simplemente se bebió. Yo estuve echándole miraditas a un bohemio melenudo que se situó detrás del interlocutor del momento, sin interesarme en absoluto por ninguna de sus palabras. Después llegó la novia del bohemio y lo cogió por el brazo, jodiéndome el plan. De repente un nuevo miembro se agregó al grupo. Era una amiga de M. Y ahora es cuando hablaré de mi presunta bisexualidad. Antes abriré la ventana porque con todo lo que fumo, termino formando unas nubes de humo impresionantes.

Resulta que cuando Laura llegó, (la llamaré Laura en honor a Petrarca, ya que estoy en Italia) toda mi atención recayó sobre ella inmediatamente. Es raro que me suceda esto; normalmente nadie me interesa tanto como para captar mi atención, a no ser que sea hombre y quiera follar con él. Fue raro. La miraba, atendía a sus palabras, y de algún modo, mis intervenciones (pocas) estaban dirigidas a ella. Me sorprendió que cuando hablaba, fumando continuamente, mirando a su alrededor desde sus dos grandes ojos azules, no decía cosas gilipollas, al contrario. Empecé a pensar en mi fuero interno que no me importaría besar a esa mujer. Luego dí un paso más y la imaginé desnuda, y no me desagradó lo que vi en mi mente. Al final de la noche estaba totalmente enamorada de ella.

Cuando llegué a mi casa, lo atribuí todo al cansancio que me supone entablar relaciones con los hombres. O con la tipología de hombre que he conocido hasta ahora. Todos son iguales, y nunca entienden nada. Luego pensé que me atraía Laura como idea, más que como persona. Seguramente si llegara el momento en el que tuviera que besarla, no podría. Me interesa en abstracto, me interesa como posibilidad. Como casi todo.

Después leí un poco el libro de Pavese sin conseguir entender ni una palabra de lo que leía. Algunas frases llegué a leerlas montones de veces y aún así no pude extraer ningún significado. Me deprimí bastante. Pensé en mí como alguien claramente incapaz. Por mucho que leyera eso no cambiaría, por mucho que escribiera seguiría siendo una persona limitada.

Ahora sigo pensándolo. Soy una persona demasiado mayor vivir, y demasiado joven para escribir.

sábado, 10 de enero de 2009

Llenar el vacío

Tengo que encender un cigarro para escribir. Siempre tengo que hacerlo. Quiere decir que todo el tiempo que estoy frente al ordenador debo tragar obligatoriamente humo. Una amiga mía dice que no puede conducir si no fuma. Yo no puedo escribir si no fumo. El problema es que ella no siente la conducción como una necesidad vital, así que es probable que ella no muera antes de los treinta años de cáncer de pulmón.

Ayer llegué a casa moralmente destruida. Pensé otra vez en el suicidio como única alternativa, porque una vez que se ha tocado fondo tantas veces cambiar de ciudad termina pareciendo poco. Sin salidas a la vista (a pesar de la panorámica de futuras opciones posibles que, amablemente y con toda la sutileza del mundo, me presento A. en la cafetería) volví a cuestionarme el porqué de mi naturaleza depresiva. Pense de nuevo en Carson McCuller, y luego en Virginia Woolf, y más tarde en Sylvia Plath y en una frase de esta última "Le hablo a dios pero el cielo está vacío." que no sé por qué me vino instantáneamente a la cabeza. Esa era mi imagen: una chica de veintitrés años, sentada en la cama, mirando a un punto indefinido en el espacio de una pequeña y fría habitación. Pensé en esta frase, la repetí unas cuantas veces en mi cabeza. "Le hablo a dios pero el cielo está vacío". Después pensé escribir algo al respecto pero inmediatamente después consideré que sería absurdo escribir cualquier cosa, que no serviría para nada, que aunque elaborase el texto más perfecto de todo lo que se ha escrito hasta ahora en el panorama literario, simplemente encontraría vacío al otro lado. Incluso si llegaran a publicarme otra vez algo de lo que he escrito, el vacío seguiría estando ahí, tragándose todo lo que yo pudiese llegar a escribir, devorando mis esfuerzos como un gran agujero negro que destruiría inconscientemente toda la energía que fuese capaz generar. Y entonces lloré un poco. Lloré durante unos minutos porque no era justo que toda la intensidad de mis emociones encontrase siempre ese oscuro final. Luego se me pasó un poco y me ví ridícula y adolescente.

Después me enteré de que en España ha estado nevando estos días. Me lo dijo un amigo. En un principio me dio exactamente igual, quiero decir, lo tomé como una anécdota a la que quizá pudiese recurrir en algún incómodo silencio en mitad de una conversación insustancial de esas tan comunes, pero después mi amigo me mandó unas cuantas fotos. No sé si he contado ya que las personas felices me dan a menudo ganas de vomitar, por lo tanto, tiendo a rodearme de gente con tentencia a la tristeza, mejor o peor llevada. Este amigo mío es de los que la han llevado muy mal y ahora la llevan un poco mejor. De cualquier manera, me hizo mucha gracia imaginarlo haciendo fotos a la nieve, a las calles de esa ciudad muerta y obsoleta cubiertas por un espeso manto blanco. Me hizo gracia al principio, después me enterneció, y me vi de repente invadida por un gran amor hacia la humanidad. Qué gracioso que a veces solamente unos copos de nieve hagan olvidar todo el absurdo que llevamos a las espaldas, y que así porque sí, nos pongamos a hacer fotos como locos, volviendo de nuevo a ser niños pequeños que no se preguntan el porqué de las cosas.

La conversación acabó y yo volví a sentirme sola y a pensar en escritores suicidas. Después me cansé. Me cansé de mi misma y de mi habitación así que hice una llamada. Sería la una y media de la madrugada pero necesiba salir un poco a despejarme. Aproximadamente una hora más tarde me encontraba en otra habitación, esta vez en compañía, hablando de todo lo que no había podido digerir yo sola. A veces ayuda hablar. Ya sé que siempre he dicho que no, pero parece que si uno es capaz de verbalizar toda su angustia a la persona indicada, la angustia, si no desaparece, se hace un poco más llevadera. Me sentí menos sola. También puede ser que el ron tuviera algo que ver. El caso es que me dormí algo más en paz conmigo misma y con la humanidad.

A pesar de las pesadillas nocturnas, (que E. se ha encargado de soportar, ya que, según contó esta mañana, me retorcía en la cama como si estuvieran matándome) (Lo que me ha llevado, lógicamente a pensar que puede ser que en cada sueño muera un poco y, consecuentemente a contraer un ligero temor a la noche) esta mañana todo era un poco distinto. En la calle hacía menos frío, los perros pequeños volvían a hacerme gracia, las luces que se reflejaban en los canales volvían a ser extremadamente cautivadoras. En definitiva, ir hasta aquella casa fue como un proceso de desintoxicación. E. me ayudó a pasar el mono y ahora estoy bien, y me siento con fuerzas, y de repente me he acordado de las fotos que me mandó mi amigo. He vuelto a abrir la carpeta y, en efecto, se trata de las fotos más tristemente enternecedoras que he visto en mi vida. Me dan ganas de llorar y de sonríer al mismo tiempo.


A veces el cielo está vacío y, a veces, lleno de nieve.

viernes, 9 de enero de 2009

Razones para no enamorarse de mí

Tengo en la mente un relato que podría llegar a estar bien, pero que seguramente convertiré en algo despreciable.

Tengo en la mete un relato, y anoche, después de que me resultara imposible alcanzar el orgasmo y de que se me negara sutilmente la posibilidad de un segundo coito (y por tanto, de un posible primer orgasmo) me dormí pensando en la estructura, y en el personaje, y en Van Gogh. Después, soñé con el relato, pero de una forma desordenada donde los acontecimientos se confundían unos con otros, y los pensamientos del personaje (femenino) pasaban a formar parte de la vida real siendo verbalizados por gente que conocía. Luego he soñado con mi padre. Mi padre hablaba desde su cama.

Después me he despertado con la canción de In the mood for love que R. ha descargado en su móvil como un pequeño homenaje a mi persona. No me gusta despertarme con esa canción, sinceramente. Ha dejado de ser especial. Me gustaría que las personas dejasen de manipular mis pequeñas pasiones, pero ese es otro tema. Decía, me he despertado con esa canción y he visto el cuerpo que tenía al lado, y una sonrisa y el sol que entraba por la ventana. Me he esforzado por sonreir y he sonreído. En esta vida lo importante es sonreir, aunque uno no tenga ganas. Luego he comenzado a pensar en lo poco que me interesa ser feliz, y en lo mucho que me interesa escribir mi relato, y en Van Gogh y en su hermano y en el cuadro que me acompaña siempre aunque un tremendo sol entre por la ventana. Y lo difícil que es levantarse por la mañana con una persona a tu lado que está tan empeñada en ser feliz, y he comenzado a odiar, y a maldecir, y a enfadarme con su felicidad, o con su deseo de felicidad. Después he besado y he abrazado, forzándome a olvidar todo eso, volviendo a la vida real, a la vida de una habitación iluminada por el sol que entra por la ventana.

En la ducha no me he reconocido y, mientras enjabonaba un cuerpo que no era el mío, pensaba en todo lo que quería escribir, en cómo hacerlo, y en que cada minuto que no se escribe se pierde, y seguía con esa sensación de irrealidad, de que verdaderamente Diana solo existía en mi cabeza, lo demás era piel, pelo y jabón, y sol entrando sin permiso en las habitaciones.

Ayer R. me pidió que le dejase entrar en mi cabeza. Me quedé en silencio. Supongo que esa fue la respuesta. La mejor respuesta que podía darle. Le miré mucho tiempo, luego le besé. Luego pensé en lo difícil que resulta abandonar los momentos. Lo dificil que es ponerle fin a un beso. Y el beso acabó y no sé muy bien quién de los dos decidió que el beso acababa, pero seguramente no fui yo.

Y ahora estoy aquí sobre la cama. Me duele la cabeza, probablemente de fumar tanto, pero ahora mismo me voy a encender otro cigarro. Así funciono yo. R. tiene sobre su mesa "El corazón es un cazador solitario". Me pregunto qué parte de ese libro se habrá quedado también en mi cabeza. Es un libro que me da constantemente ganas de llorar, y ahí está, en su mesa. En mi cabeza y en su mesa son dos libros completamente distintos, y cuando él lo lea serán dos libros completamente distintos. Como la canción y como el cuadro de Van Gogh. Por eso es imposible que yo pueda dejarle entrar en ningún sitio porque las cosas son muy diferentes aquí dentro en mi cabeza, y ahí fuera desde donde el sol entra. Podría haber obviado esta frase porque estaba claro, pero escribo automáticamente.

Y luego me acordé de que A. me había mandado un mensaje la noche anterior. "¿Nos bebemos ese café? ". Me he puesto contenta al pensar que le vería hoy, que tomaríamos algo. Ahora, si soy sincera, no me apetece nada levantarme de esta cama para tomar un café con nadie. Otra vez sonrisas y otra vez dos cabezas que tratan de tender puentes comprensibles mediante palabras.
Y otra vez nada, en definitiva.

Dime qué lees y te diré quién eres. "El corazón es un cazador solitario" solo le gustará porque me gusta a mi, porque yo le gusto. Quizá ni siquiera le guste, cosa que sería aún peor. Veo como todo se desvirtua, y veo como la mayor parte de las veces es por mi culpa. No puedo respetar a quien no admiro, y desgraciadamente, admiro a muy poca gente. ¿No puedo amar a quien no admiro? Me paso el día escuchándome sin conocerme. Me paso el día en desacuerdo conmigo misma para poder amar a los otros. Me paso el día tomando café pensando en lo todo lo que podría escribir si no tuviera que sobrevivir a la fuerza.

Maldita introspección.

jueves, 8 de enero de 2009

Tic, tac, tic, tac

Vengo de un cumpleaños.

Los cumpleaños son abusrdos, todos lo sabemos, como las fiestas de fin de carrera, o los viajes de fin de carrera, (o como las carreras en sí, pero ese es otro tema) o el día 24 de Diciembre con abuelos, tios, primos, y gente que en realidad no se soporta, ni se conoce, pero tiene que quererse a la fuerza porque así está estipulado, como todos esos eventos que se llevan a cabo con el mero propósito de señalar los acontecimientos. Todos esos eventos que se festejan para realizar pequeñas marcas concretas y físicas sobre el inabarcable concepto de tiempo que tanto asusta. Si, porque en realidad todos nos vamos a morir. Muy pronto, además. Pero conviene seguir haciendo círculos rojos alrededor de los días del calendario como si algunos fuesen más importantes que otros. Mi cumpleaños, cuánta importancia. La boda de Pili, cuánta importancia, Pedro que vuelve de Erasmus por Nochevieja, cuánta, pero cuánta importancia. Y el hecho es que nos vamos a morir y que el tiempo pasa, y al tiempo le da igual que sea tu cumpleaños, y probablemente a la gente también le de igual tu cumpleaños si no fuese porque, gracias a tu cumpleaños, pueden marcar en rojo otro día importante en el calendario y olvidar por un momento que su vida es absurda. Así son las cosas, otra cosa es que no las queramos ver.

Estoy tiritando.

Mi compañera de mi piso y yo tenemos maneras diferentes de concebir cuál sería la temperatura óptima para la conservación de un ser humano vivo. Por eso tirito, porque mi compañera de piso, al llevar más tiempo en esta casa, tiene mayor poder sobre las cosas que yo. Sobre las sartenes, los vasos, el tendedero de la ropa, y también sobre el aparatito de la calefacción. No sirve de nada que intente subirlo unos grados porque sé que después ella se encargará de bajarlo. Es más terca que yo. Desisto. En realidad he decidido que me gusta este frio. Tecleo con las manos congeladas, el clac, clac, clac de los dientes de arriba contra los de abajo, y me siento como un escritor que está empezando y por ello tiene que atravesar verdaderos infiernos para conseguir su propósito. Sufrir me hace sentir bien.

Estoy tiritando. En realidad es un poco incómodo. Pero he decidio que me gusta y el poder mental es más fuerte que cualquier contratiempo.

Decido si hacer una llamada, o si por el contrario permanecer en casa leyendo y escribiendo, buscando ideas para nuevos relatos. Cuando salgo me aburro y quiero volver a casa a escribir. Cuando escribo pienso que soy joven y que en realidad debería estar ahí fuera viviendo mi vida y celebrando un montón de fiestas de cumpleaños. Una cada día.
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Acaban de llamarme. Ahora debo decidir si salgo o no. Hace mucho frio en la calle. Estoy triste. Por otra parte puede que en mi casa haga más frio que en la calle. Salir para aburrirme, quedarme para odiarme a mí misma por ser así, salir para pasar frío, quedarme a pasar frio igualmente. Tic, tac, tic, tac.