martes, 26 de mayo de 2009

Las cosas han cambiado un poco desde que me mudé de casa. Decidí que no podía permitirme pagar el alquiler de una habitación individual, era demasiado dinero para alguien cuyos únicos ingresos provenían de dos horas diarias paseando perros. Ese fue el principal motivo, pero he de decir que el hecho de seguir conviviendo con la trucha no me volvía loca de entusiasmo. Así que aproveché que Mariam se mudaba a casa de Èlena, un estupendo piso en el centro de Venecia, para comunicar mi intención de trasladarme de allí cuanto antes, a una habitación compartida a ser posible. Desde entonces vivo con Mariam en una habitación con un pequeño balcón donde salgo a fumar cada cinco minutos. Mariam estudia bellas artes, viste como si viviéramos en los años cincuenta, es extremadamente desordenada, y tarda como media hora en realizar cualquier tipo de acción. Si le pides un cigarro tienes que esperar a que se quite sus guantecitos de puntos, los doble cuidadosamente, los meta en su pequeño bolso de mano, saque su pitillera, la abra lentamente y después de tontear un poco con él, lo acerque despacito a tu mano como si en realidad no te lo quisiera dar. Es mucho mejor para los nervios ir hasta el expendedor más cercano. Nuestra habitación está claramente dividida en dos zona, la mía, limpia y ordenada, y la pocilga, la parte de Mariam, con sus bragas por el suelo y sus miles de zapatos, vestidos, sombreros y estúpidas e innecesarias cintas para el pelo colgando del radiador, las ventanas o el picaporte de la puerta. A eso hay que añadir los envases de yogurt y tazas de café olvidadas en los lugares más inesperados de nuestro pequeño cuarto. De noche, uno entra en la habitación en completa penumbra y corre el riesgo de clavarse un tenedor en un pie, o de escurrirse con una bolsita de té y partirse la cabeza.
Mariam estudió un año en París, y vive un poco obsesionada con su pasado. Cada dos por tres suelta algún que otro taco en francés, y siempre está contando anécdotas que a todo el mundo le importan un carajo sobre su fantástica vida en la capital francesa. Es bastante pesada con ese tema. Alguna vez ha venido a visitarla algún que otro amigo de entonces y hemos salido todos juntos a tomar algo. Mariam aprovecha para hablar francés a todas horas, y es tal su pasión por el idioma que a veces se ve que no puede parar y me habla en francés incluso a mí que no entiendo nada, a todo el que se le ponga a tiro aunque no tenga ni idea del idioma. Como le debe de parecer una señal de clase y sofisticación el hecho de hablar esa lengua de gilipollas, se encarga de hablarlo lo suficientemente alto como para que todos la oigan. Supongo que representa bastante bien el desprecio que siente por sus orígenes verdaderos. Querría haber nacido en París, y sin embargo es de un pueblo italiano de mala muerte. Pues te jodes, es lo que se me ocurre, lo demás está fuera de lugar, creo yo.
De cualquier manera siempre que sucede algún acontecimiento importante en mi vida, (muy pocas veces) me deja notitas de colores en la habitación con algún mensaje referente al tema, y siempre me tiene informada de los conciertos y las actividades culturales que tienen lugar en esta ciudad muerta. Luego nunca voy, pero al menos me da la opción de elegir.
En nuestro piso, después de unas semanas de agradable convivencia, y de haber obviado la posibilidad de hacer una fiesta de inauguración por todo lo alto (como quería Mariam; seguramente llenar la casa de extranjeros pesadísimos a los que después uno tiene que echar a patadas) llegó Alexandra a nuestro hogar, la cuarta compañera. Italiana de origen, estudiante de Checo por algún motivo que escapa a mi comprensión y en el que prefiero no indagar, y ahora residente en Venecia después de un bagaje bastante intenso a pesar de su juventud (veintidós primaveras). Un año en china, otro en Polonia, veranos en Praga con su novio el checo, y hablante por consecuencia de millones de lenguas diferentes. A su lado, he de admitir, me siento bastante paleta, pero ¿quién no se sentiría así? Supongo que muy poca gente. Aunque últimamente todo va tan deprisa que nada más nacer ya te están apuntando a miles de actividades en pro de tu desarrollo y tu formación profesional, y todo el mundo sabe de todo y se desenvuelve estupendamente en cualquier situación. Todos menos yo. Desde los primeros días Alexandra ya estaba dispuesta a hacer millones de preguntas cada día en cada una de las conversaciones que teníamos. Su objetivo era siempre el de recoger el mayor tipo de información en el menor tiempo posible. A pesar de que el exhibicionismo es a veces un rasgo bastante arraigado en mi personalidad, siempre que me exponía a una de esas entrevistas me ponía un poco nerviosa. En realidad nunca he sabido muy bien qué personaje adoptar con ella, si la escritora maldita que malvive en Venecia, el alma libre que no entiende de ataduras y disfruta con las maravillosas vistas de la laguna desde el Arsenal, o la tipa introvertida con un infierno dentro que es incapaz de expresar con palabras.
Esta indecisión provocaba que me dedicase a fumar desesperadamente cada vez que salíamos por ahí a tomar unas copas, y creo que Alexandra se ha forjado una idea algo equivocada de mí. A grandes pinceladas, y sobre todo después de la muerte de mi padre, y de airear imprudentemente mis problemas con Riccardo, creo que se podría decir que me ve como un ser algo destructivo, capaz de automutilarse con cristales rotos, con cierta dificultad para mantener relaciones personales. Siempre que llego a casa, sudada después de caminar con el perro por las asfixiantes calles venecianas de este mes de Mayo que no termina nunca, sus ojos me reciben compasivos en la cocina mientras su boca articula un compungido “¿qué tal ha ido hoy? esperando que le cuente alguna de mis desgracias. He de reconocer que el destino o la casualidad no me son favorables, porque siempre que tiene lugar uno de nuestros encuentros a mí acaba de sucederme por norma general algo desagradable.
Otro aspecto destacable de la personalidad de Alexandra es su tendencia al contacto físico. Le encanta pasarte inesperadamente la mano por la cintura, o dejar en un despiste sus largos dedos sobre tu muslo mientras repasa la filmografía de Kieslowski mirando a su interlocutor como si no importara nada más en este mundo. Yo, que nunca he sido muy partidaria del roce gratuito, he aceptado ya que con Alexandra uno siempre tiene que estar preparado para el abrazo. Cuando sales de casa y cuando llegas. Alguna vez incluso me ha estrechado entre sus brazos antes y después de ir a comprar el pan. En otras ocasiones lo hace sin motivo aparente, no como una señal de recibimiento o despedida, sino más bien como una pretendida muestra espontánea de todo su afecto. Siempre he creído que los tocones sufren o han sufrido enormes carencias afectivas. Bueno, a veces simplemente son pervertidos sexuales que se aprovechan del alma confiada de las personas. En el caso de Alexandra no he percibido ningún síntoma de perversión así que he determinado sobrellevar el asunto lo mejor que pueda. Es un poco incómodo tener que ser cariñosa todo el día, pero poco a poco voy acostumbrándome.
Èlena trabaja todo el día y prácticamente no nos vemos nunca. Compagina tres trabajos infames (camarera, repartidora de publicidad y recepcionista en un hotel) para ganar un montón de dinero y destinarlo a viajar por el mundo con su novio. Aunque creo que más que para ganar dinero lo hace para probar su resistencia. Es una persona extremamente obsesiva y todo proyecto que emprende lo lleva siempre hasta el límite. Cuando le dio por el cine dejamos de verla durante un par de meses. Se recorría todas las salas de proyección de la ciudad o se encerraba en casa a ver películas sin ningún tipo de criterio. Había que verlo todo y tenía que ser enseguida. Y así con el teatro, el vegetarianismo, la música, las ciencias esotéricas, la danza contemporánea, y un interminable y estúpido etcétera. La verdad es que prefiero que no esté nunca en casa porque me pone bastante nerviosa.

A veces salimos todas juntas y las noches se me hacen eternas. Otras no lo pasamos mal. Vamos a conciertos, hacemos picnics en la playa, y recorremos los sitios emblemáticos de la ciudad con una botella de vino en la mano. Después llegamos a casa y tenemos conversaciones de chicas: pollas y culos, dolores menstruales, y tiendas de ropa de segunda mano. Cuando la cosa dura mucho termino por aburrirme desesperadamente, pero en general las reuniones se prolongan hasta que yo consigo escapar con la Rusa a los bares de siempre a ligar con los pocos tíos desconocidos que quedan en Venecia, o a emborracharnos mientras contemplamos silenciosamente los barcos que pasan por los canales. La verdad es que no tengo ningunas ganas de que venga mi madre a perturbar mi paz. Y quiere venir, una semana nada más y nada menos. No puedo decir que no.

viernes, 22 de mayo de 2009

Fue ayer, creo, o antes de ayer, no sé, he estado bastante borracha estos últimos días. El caso es que le vi aparecer con dos amigos, yo estaba en la plaza de Santa Marghe, bebiendo vodka y mirando a mi alrededor pensando que la única solución a todo este gentío absurdo sería esterilizar una por una a aquellas pobres e inconscientes almas que se llevaban los vasos a la boca y entonaban cánticos inteligibles. Camisa a cuadros y unas gafas de sol en la cabeza, la misma cara de cansancio, el mismo contoneo adornando su paso lento. La Rusa me hablaba de algo, creo que de antidepresivos, de sus incontrolables cambios de humor, en fin, de lo de siempre. Yo no escuchaba, claro, y ella como siempre seguía sin interpretar mis señales de que me importaba tres cojones lo que me estaba contando. Mira, Rusa, no tomes esas mierdas, creo que le dije, te matan el espíritu. Y ella siguió mirándome como reflexionando sobre la nadería que había dejado salir de mi boca mientras miraba hacia otra parte, buscando entre los cuerpos, el cuerpo, la camisa de cuadros. Y siguió a lo suyo, que no lo soportaba, que seguro que estaba con otra, alguna puta italiana, porque todas son iguales, me dijo, grandísimas hijas de puta disfrazadas de monjas, con sus sonrisas y su maquillaje como si no hubieran comido una polla en su vida, y luego unas hijas de puta. Estoy segura de que la Rusa terminará cargándose a alguien, algún día se le cruzarán los cables y zas, una puta menos. Y no seré yo quien lo desapruebe, en este mundo somos muchos. Menos italianas descerebradas paridoras de italianos descerebrados como ellas, porque, en eso si coincido con ella, esta gente solo piensa en poder parir algún día, y sus sonrisas de “nunca he chupado un rabo” responden solo a un solo fin: demostrar al macho italiano que son más o menos puras, un coño desgastado en Italia, sobre todo en Italia, se queda solo, y un coño solo, por suerte o por desgracia, no puede traer niños al mundo. ¿Crees que estará con otra?, si está con otra lo mato, Diana, te lo juro. Pensé en llenarla la boca de antidepresivos, visto que en pequeñas dosis no provocaban ningún efecto en ella, y después le di un trago al vodka que me llegó al estómago como un rayo, pam, fuego en las entrañas, pam, como un disparo en la boca. Y fue entonces cuando vino hacia mí y me dijo, hey, la misma voz de mafioso italiano, la misma voz de sodomizador, de violador de niñas. Yo sonreí desde mi incipiente borrachera y me encendí un cigarro. Después le ofrecí uno y él aceptó y me dio un beso cerca de la boca, pam, su aliento como un vaso de vodka. Después, el problema de siempre, encontrar algo que decir sin que parezca que intentas rellenar el silencio con lo que sea. Lo que sea fue la Rusa, que venía con la escopeta cargada y siguió disparando reflexiones al aire como fuera de sí. Yo, callada, mirando su paquete italiano por encima de mi vaso de vodka. El depredador anda suelto y actúa en silencio. Sigilosa como un felino, dentro de sí la violencia y el ansia animal de la sangre, dulces yugulares con sabor a perfume y loción de afeitado. Invítame a algo que no tengo dinero, le dije. Del resto de las cosas que se dijeron no recuerdo mucho. La Rusa fue a
saludar a un grupo de gente, nuevos oídos a los que martirizar con su metralleo imparable, y nosotros entramos en el bar más cercano, a medir nuestras ansias, a mirarnos las bocas, los ojos, a intuir los cuerpos debajo de la ropa. Yo whisky, ¿tú?, yo vodka. Y venga, pam, pam, pam. A nuestro lado había un grupo de erasmus bailando, o más bien, restregándose, gozando con el ruido y moviendo sus cuerpos como marionetas en manos de un tullido o de un retrasado mental. Vámonos de aquí, y él me dijo si, y por el camino intentó sacarme algunas palabras de la boca y yo le dije que no tenía ganas de hablar y que todo en este mundo me apestaba, que TODO estaba podrido y que no había remedio para la humanidad. Algo así le dije. Él se río y yo me fijé en sus dientes y en un lunar que descubrí en la comisura de sus labios y pensé que sería un buen comienzo, sin embargo preferí dejar la presa entera, aún no, me dije, aún no, quizá estaba demasiado borracha. Después él abrió la boca para decir algo, “esta mañana…” dijo, fue lo único que pudo decir, porque el depredador se lanzó sobre él, con la velocidad del águila imperial, zas, y se llevó por delante el resto de la frase. Las bocas, las salivas, los cuellos, lo de siempre pero distinto, porque siempre es igual pero distinto. Llegamos a otro bar, Postali, lugar de encuentro para la bohemia veneciana, artistas de pelo largo con restos de pintura entre las uñas que susurran conmovedoras visiones del mundo mientras beben vino. Estaba lleno, así que pedimos y salimos enseguida a fumar un cigarro tras otro. Me contó, por hablar de algo, cómo había ido su viaje a París. Estaba en mitad de un proyecto con gente del mundillo, decenas de parisinos en torno a una mesa debatiendo sobre la pertinencia del color magenta en la nueva creación. Después llegó un amigo suyo y se pusieron a hablar. Yo me puse a mirar el canal, con todas esas lucecitas que se reflejan en el agua y se mueven cuando pasa una barca. Un par de veces intentaron integrarme en la conversación pensando que me hacían un favor, ¿tú que haces aquí? ¿Estudias?, y otra vez a contar lo de siempre. Me sentía cada vez más borracha así que me decidí por la respuesta corta aún a riesgo de parecer maleducada o simplemente estúpida. ¿Qué coño te importa lo que hago yo aquí? Aquí no hago nada, como tú, y como el resto, nada de nada, tirar mi vida por la borda, a los canales, eso hago, intentar llevarme a tu amigo a casa para no pensar en mí y en mi infierno, y en el tiempo que pasa, eso hago, eso hago, ¿y tú qué haces? Tú me estás jodiendo el plan, así que búscate otro coño y déjame en paz. El tipo se fue cuando percibió el gran muro que había conseguido erigir entre nosotros y nos dejó solos. Venga, ya está, vámonos a casa, pero en ese momento alguien empezó a gritar, y todos giramos nuestros cuerpos en busca de los gritos, ¿Qué coño pasa? Y al parecer habían llegado cuatro bestias en una barca, bestias sin cerebro hablando dialecto veneciano, una gran confusión de manotazos y vasos que explotaban contra el suelo. Yo me alejé un poco de la puerta del bar, recuerdo que alguien me cogió del brazo y dijo, apártate, y que perdí de vista la camisa de cuadros, porque un hombre siempre debe estar en el meollo, sino es un maricón, es cuestión de orgullo, y después supe que eran sus amigos, no es casualidad, es que en Venecia todos son amigos de todos, todo el mundo se conoce aunque no se conozca, todo el mundo sabe qué hacen unos y qué hacen otros, y funciona la ley del más fuerte, incluso aquí, donde los instintos primarios se disfrazan de bohemia y quedan sepultados bajo conversaciones sobre el expresionismo alemán, sobre Mayo del 68, sobre cualquier gilipollez que quede tan lejos de nuestras vidas como cualquier otra cosa. El vodka, el alma, se me bajó a los pies, y tuve que vomitar, y después del vómito el beso no se puede concebir, así que me fui a casa y pensé, mañana no podrá ser, mañana es demasiado tarde, así que ni me despedí y pensé en los intereses de las personas, en cómo la gente continúa defendiendo su territorio como los perros y en que yo estoy demasiada cansada como para enfadarme, o al menos como para manifestar mi enfado y en que mis intereses me dan igual. Una hora más tarde, mientras mi cama giraba como una lavadora y mi cuerpo y mi mente centrifugaban, me llamó y me dijo, perdona, eran mis amigos, y estaba tranquilo, otra vez con su disfraz de bohemio, con su voz de soy artista de cada cierto tiempo viajo a París, me dijo, nos vemos mañana, y yo le dije, si, si, nos vemos, mentira, y ni siquiera le pregunté cómo había acabado la pelea, todas las peleas terminan igual, es decir, nunca muere nadie, y lo interesante sería que alguien muriera, que murieran todos, por gilipollas, la tercera guerra mundial, por fin, pero por el contrario solo unos cuantos ojos morados, unos cuantos vasos rotos, qué culpa tendrían, y al día siguiente poder contar la batalla, exagerando los hechos, por qué no, y en definitiva, otra historia anodina que relatar mientras los estómagos digieren las cervezas, sin ningún muerto, sin ninguna consecuencia. Nos dimos las buenas noches, hasta mañana entonces, si, hasta mañana, y colgamos y su voz resonó en mi cerebro como un eco durante un rato, luego apagué la luz y me quedé sola.