martes, 9 de junio de 2009

Le escribo un mensaje nada más llegar: “el puto barco repleto de turistas malolientes me ha escupido en San Marco, y ahora me siento fatal. Creo que no aguanto más y que me voy a España.” Un estupendo mensaje de buenos días. Había decidido escribirlo en español porque me sonaba mucho más despiadado. Después atravieso San Marco, llego hasta Rialto sorteando turistas y cagadas de paloma, me tropiezo con un padre y su enorme hija que posan en lo alto de un pequeño puente mientras, la que debe de ser la madre, les inmortaliza en una maravillosa foto que colocarán en el salón, junto a la niña vestida de merengue el día de su primera comunión y de la pareja churruscada durante la escapadita que hicieron el verano pasado a Fuerteventura. La niña-ballena devora un helado gigantesco como si fuera la última acción que le será permitido llevar a cabo en su corta vida. Llego hasta la casa de la señora, hasta la casa del perro que paseo desde hace unos meses para ganarme la vida. En Venecia hace tanto calor que se respira con dificultad. La humedad te llena los pulmones como en un baño turco, el sudor me chorrea por el cuello y la espalda. Hecho el último vistazo a mi móvil antes de entrar a la casa para comprobar si mi mensaje amenazador ha surtido efecto. Nada. Estará trabajando, ocupado sonriendo a los turistas que llegan al hotel en busca de un poquito de tranquilidad. Después se me ocurre que quizá le de exactamente igual que piense que mi vida junto a él se está convirtiendo en un infierno desde que trabaja, y que mi mensaje solo me ha servido para cavar mi propia tumba. Total, ¿qué es lo que me espera en España? Nada. Absolutamente nada. Subo las escaleras que conducen a la casa y saludo a la señora que ya tiene preparado el collar del perro, las llaves y el dinero. No tiene ganas de preguntarme qué tal ha ido mi fin de semana. Me alegro, porque no me veo con las fuerzas suficientes como para encubrir el hecho de que los dos únicos días libres que tengo en la semana los he pasado en Cavallino, tratando de reconciliarme con la falta de cojones de Riccardo, que parece dispuesto a pasar todo el verano en esa deprimente recepción de hotel.
- Recuerda darle de beber cada cierto tiempo, estos perros sufren mucho el calor –me dice la señora confiando en que compraré una botella de agua nada más salir de la casa.
- Si, si, descuide –respondo sonriendo falsamente.

Salgo a la calle maldiciendo mi suerte. El perro tira de mí como viene siendo costumbre, y yo le sigo, con el brazo tan estirado que pienso que se me va a salir de su sitio. Joder, Arturo, no tires tanto, le digo. El perro, desobediente por naturaleza, desoye mis súplicas y me lleva hasta una calle repleta de comercios. Se para en las inmediaciones de una frutería callejera y decide mear junto a una caja de melocotones. Rezo por que nadie lo vea para poder continuar mi camino. Todo el mundo está tan ocupado con sus compras matutinas que podemos mear donde queramos. Después el perro se para a lamer el pis de otro perro. Tiro de él. “No, Arturo, eso es caca” No me sigue. Como no puedo moverme, decido fingir que sostengo una interesante conversación conmigo misma mientras contemplo extasiada como los barcos pasan de largo, intentando que parezca que por nada del mundo desearía estar haciendo otra cosa. Por fin el perro da unos pasos. Encuentro un bar abierto un poco más adelante y se me ocurre entrar unos minutos para descansar en la sombra y beber un poco de agua. Tras un ligero forcejeo conseguimos entrar. Pido una botella de agua para mí y nada para el perro, y nos sentamos justamente debajo del aire acondicionado. Doy unas palmaditas de ánimo a Arturo agradeciéndole haberme facilitado la operación. Por fin puedo abrir mi libro donde lo había dejado. De repente, sin previo aviso, una cabeza oscurísima se cierne sobre nuestros dos cuerpos.
- Joder, qué susto –digo yo.
- Perdona, perdona –responde un chico con cara de querer metérmela hasta la garganta- solo quería saludar a este grandullón. Hola chico –le dice al perro acariciando su enorme cabeza.
El tipo viste una camisa de lino y luce sin pudores un artificial bronceado tipo marbellí. El típico Luigi tocapelotas que habla de La Divina Comedia solo por el gusto de escuchar su propia voz.
- Estos perros me encantan. Es un Golden Retriever, ¿verdad? -Me pregunta mirándome directamente a los ojos mientras acaricia compulsivamente a Arturo.
Le respondo que sí sin dejar de pensar que ojala me hubiese tocado uno de esos horribles chuchos callejeros a los que nadie quiere acercarse debido a su extrema fealdad, o un perro agresivo que tenga escrito en la cara “no te acerques o te arranco los huevos”, y que ladra a toda vieja que se cruza en su camino como amenaza de muerte. Y sin embargo, un Golden retriever, miel para las moscas, un perro familiar y amigable que todo el mundo se para a acariciar mientras emite voces extrañas de retrasado mental. El chico, después de unas cuantas maniobras tácticas, ha conseguido arrodillarse muy cerca de mí y, mientras coge las orejas del perro con ambas manos como si condujese una moto, comienza a dispararme preguntas de todo tipo, pasando de su falso interés por el perro (al que asfixia con sus carantoñas), a su objetivo principal, es decir, yo. Que si por mi acento deduce que no soy italiana, que qué hago aquí en Venecia, que qué buena idea eso de trabajar como dog sitter, etc, etc.
- Bueno, tengo que irme. Voy a dejar al perro en su casa porque se me está haciendo tarde –miento.
- Si, si en realidad yo también me iba.
Por un momento pienso que quizá le de por acompañarme y tenga que aguantar su estúpida charla y sus furtivas miradas a mis tetas durante unos minutos más, pero por fortuna él todavía no ha pagado, y en un descuido consigo escapar del bar sin ni siquiera despedirme. Anda y que te jodan.

Vuelvo a mirar mi móvil. Nada. No hay respuesta de ningún tipo. No sé muy bien qué dirección tomar en este complicado entramado de calles y canales así que opto por dejar que el perro me lleve sin oponer ninguna resistencia. Seguiremos el rastro del pis. Callejeamos un poco hasta llegar a una plaza en la que nunca había estado. Venecia ya no me impresiona, estoy cansada, todo es tan igual, tan previsible. Me siento en las escaleras de un puente algo deprimida por este pensamiento. El perro se sienta junto a mí y apoya su cabeza en mi muslo. Me enternece su gesto. Le doy unos toquecitos en su enorme cabeza algo conmovida. Después me huelo las manos. Me apestan. A pesar de ello sigo acariciándole un rato, supongo que estoy un poco necesitada de afecto. Saco un cigarro del bolso y cuando me dispongo a encenderlo escucho mi nombre. Veo a Roberta, una antigua amiga que conocí en Madrid durante su Erasmus, que se aproxima hacia nosotros cargada de bolsas. Ella es en parte responsable de que me decidiera por Venecia y no por otro lugar del mundo. Ha cambiado mucho físicamente. Se ha cortado el pelo y no encuentro ni rastro de esas ojeras moradas que delataban sus depresiones. Me saluda muy agitada. Me abraza. Le devuelvo el abrazo algo preocupada por el olor que puede desprender mi cuerpo. “¿Y este perro?”, me pregunta. Le explico un poco mi situación económica. Después le informo sobre mis aspiraciones literarias. Mientras mi discurso va tomando forma, en su rostro se dibuja una expresión que no me gusta en absoluto. Algún día me comeréis la polla, pienso para mis adentros. De todas formas le digo que si quiere tomarse un café conmigo. Me dice que tiene algo de prisa. Se dirige hacia el centro para hacer unas compras.
-¿Qué compras?, ¿Ropa? -le pregunto con la intención de rebajarla a la categoría de persona superficial y consumista a la que realmente pertenece.
-Si, bueno, tengo que hacerme un vestido para la próxima obra teatral - me responde orgullosa.
En vista de las circunstancias (no tengo nada que hacer) le digo que si quiere la acompaño un poco. Como quieras, me responde sin mucho entusiasmo.
-Bueno, cuéntame, ¿de qué va esa obra teatral? –interrogo fingiendo verdadero interés.
Me informa de que la obra en cuestión se llama “Sueño posmoderno”, y pretende ser una crítica hacia la mafia ecológica que está teniendo lugar en el mundo.
- No tenía ni idea –digo mientras tiro bruscamente del perro que se ha parado a olfatear una mierda.
Con ese comentario consigo que durante al menos diez minutos me explique en qué consiste todo el asunto.
- Desde que estoy con Rocco mi vida ha dado un giro –me dice mientras se aparta un mechón de pelo de la frente. Antes no tenía conciencia de todos los problemas que nos rodean. Debemos tomar partido porque nuestra sociedad está atravesando unos momentos muy difíciles.
Después me habla sobre las manifestaciones de estudiantes que tendrán lugar la próxima semana.
- Algo se está moviendo, Diana. Están pasando cosas.
La miro a los ojos bien abiertos mientras trato de imaginarme a su novio.
- Oye, ¿y en la obra tú que papel tienes? –le digo para cambiar de tema.
- Me han dado un pequeño papel….Hago de agua sucia. Tengo que encontrar algo de color verde y marrón. Había pensado en combinar esos dos colores, ¿qué te parece? –me explica mientras entra en la tienda.
- Bueno, no sé, depende de lo sucia que esté el agua. Pero mi comentario no llega hasta donde está ella revolviendo un enorme montón de medias de todos los colores.

Decido escapar de allí cuanto antes. Invento que tengo muchísima prisa, que no me había dado cuenta de la hora y que tengo que llevar al perro a su casa. “Te llamaré para ver qué tal ha ido todo”. (Mentira). Miro a Arturo que jadea con la lengua fuera. Parece que va a caérsele al suelo como una loncha de jamón. Echo un vistazo al móvil. Ninguna respuesta.

18 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo peor que le ha pasado a Dantón no ha sido morir guillotinado sino morir ignorando por qué ha sido guillotinado.

Anónimo dijo...

Soy de la clase que tendrán que extirpar, de los que hacen de cualquier nimiedad una tragedia y se permiten el lujo de una sensibilidad desvergonzada, precisamente porque se cree sensibilidad

jorge valdano dijo...

Jugar contra un equipo que se defiende es como hacer el amor con un árbol.

el náuGrafo dijo...

Deberían capar a los que se acercan a ligotear con la excusa del perro de turno. Golden retriever? Quizá me compre un perro..

Jake a una velina dijo...

Lo único que puedo decir es que el mundo está lleno de mezquindad y de maldad.!oh!Tres cuartas partes de este globo están en guerra o viven oprimidos. Los mentirosos y los malvados se unen, mientras aquellos que comprenden se hallan aislados e indefensos.!Sin embargo! Si usted me pidiera señalar el punto más civilizado sobre la faz del globo, yo señalaría aquí...

Anónimo dijo...

Se conoce que tienes polla...

Anónimo dijo...

¿César Strawberry (¿todavía cree que la culpa la tiene yokoono? y Alejandro Feito?¿quien tiene más tetas? De mariquitas del coño y posmodernos sin sangre está lleno el mundo.

Chafan dijo...

Para que definitivamente vomites (si es que no lo has hecho ya) no se me ocurre así nada.

Me dio por pensar que hace un tiempo hablabas del esperpento y que ahora lo haces del anhelo.

R. dijo...

A mí me da que la cosa se está poniendo chunga... Vuelve a Madrid, o quizás a la Mancha. Puede que allí te emparanoies menos.

Tu misma.

Tu sombra,


R.

R. dijo...

Por cierto, Valdano, qué grande eres.

No podía ser de otra manera, te admiro.

Ojalá intervinieras más.

Viva el Real Madrid, viva la Argentina y viva Borges.

ángel cappa y la mujer de tu editor dijo...

como valdano ahora está con las pelotas de cristiano ronaldo y gastando el dinero de un niño del perú en taparrabos, y aunque sea feo y tenga bigote , te recuerdo algo que dijo menotti hace años; el jugador de fútbol debe entender esto, que es básico para su vida: para qué juega y para quién juega. es lo que debe preguntarse y responderse.

Anónimo dijo...

a lo mejor tienes complejo de cristo como henry miller

ElJust dijo...

Me gustaba lo que escribías al principio, pero tu depresión constante empieza a darme pena, y eso no me gusta. Tu estilo se está quedando obsoleto.

Buena suerte.

Diana dijo...

Me importa tres cojones.

obsoletamelapolla dijo...

si les dejas que te tengan atrapado ese tercer cojon eres una idiota. no te sientes y sigue circulando hasta que reviente la diarrea diuretica que llevas dentro.

p. Yulep Rikschîjin *live* dijo...

para salir del *punto mierda* puedes agragarte a mi festin orgiastico. Pero tal vez tienes demasiado amor propio, ¿quien sabe?
Si quieres letrear, pasate.

Disculpa la espada,
a bientot


ah! me olvidaba. Opiniones personales: vivir en Venezia es imposible, a menos que no se quiera convertirse en ranas -los peces no soportan el inquinamiento de las aguas. Te hace podrir el alma :/
Es una especie de enorme sanatorio, donde nadie se sana, sino se enferma. Pero es pintoresco...
Esta bien, hm, a ver, para el carnaval y rapidas excursiones lujuriosas.
Con buenos deseos, saludos

R. dijo...

¡¡¡¡¡LUJURIA!!!!!


¡¡¡¡¡LUJURIA!!!!!

Anónimo dijo...

!!!Lacivia,sublimación,abominación!