jueves, 4 de junio de 2009

Ahora mismo estoy sentada en el primer tren que salía esta mañana con rumbo a Florencia. Tengo a mi madre enfrente, que después de la muerte de mi padre ha decidido romper con su rutinaria vida de fregona, programas del corazón, y aburridísimas barbacoas con sus amigas (mujeres pesadísimas con pantalón de chándal, monedero de mano, y pinzas de plástico en el pelo), y a dos napolitanos en los otros dos asientos que no paran de hablar de asuntos legales. No descarto que pertenezcan a la mafia italiana y que antes de llegar a nuestro destino nos aborden con algún tipo de amenaza. Estos días en Venecia han sido un infierno sin interrupción. He tenido que acompañar a mi madre a comprar pañuelos para sus amigas, figuritas de cristal de Murano para la abuela, y un par de bolsos feísimos para ella, hacerle fotos en cada estúpido monumento de la ciudad, inventarme la mayoría de los nombres y la fecha de construcción de las iglesias para que se quedara tranquila, y en definitiva, hacer todo lo que odio en esta vida. Faltan más de dos horas para llegar a nuestro destino.

-Diana, ¿qué puedo comprar en Florencia? Algo típico de allí, no sé, ¿se te ocurre algo? – dice a voz en grito interrumpiendo mi lectura.
- Puedes comprar el David de Miguel Ángel y ponerlo en el salón –respondo sin mirarla.

El funeral de mi padre fue exactamente como me esperaba. Una abominable pesadilla que podría haber sido perfectamente dirigida por Almodóvar o Berlanga. La España profunda; viejas con la cara cubierta de pelos durísimos esperando para llenarte la cara de húmedos besos en la puerta de la Iglesia, mi madre en una dinámica irreversible de autocompasión, llanto descontrolado cada cinco minutos, y continuas reflexiones vergonzosas sobre el devenir, el absurdo de la existencia y las cualidades excepcionales de mi padre en vida. Nada más llegar al tanatorio, y después de haber hecho lo imposible para conseguir un vuelo carísimo que me permitiera llegar a la importante tarea de velar a mi padre de cuerpo presente, mi madre me recibió con un encantador “No te rías que te ve la gente” mientras se abalanzaba hacia mí para llenarme de lágrimas y mocos, al que no pude responder nada, simplemente limitarme a cerrar esa sonrisa conciliadora que había ensayado para con la intención de transmitir tranquilidad, esa simpática sonrisa de “No caeremos en un profundo pozo después de esto”. Pero estaba claro que allí reírse estaba fuera de lugar. Su segundo comentario fue “Tenías que haber venido de negro” y en ese preciso instante supe que tenía que haberme quedado en Venecia, y que a todos nos esperaban días muy duros en los que lo pasaríamos fatal.
Tuvimos que quedarnos despiertos toda la noche, rodeados de coronas de flores y bebiendo un café espantoso del termo de una vecina que cada dos por tres cogía la mano de mi madre y la miraba a los ojos buscando su dolor. Le pregunté varias veces a mi madre que por qué no nos íbamos a dormir a casa, a lo que ella respondía siempre abriendo mucho los ojos: “Pero Diana, ¿cómo voy a dejar a tu padre solo?” Así que, durante al menos nueve horas, me tocó compartir impresiones con la pandilla de descerebrados que componen nuestra pequeña familia. Al principio de la noche estaba bastante animada e incluso intervenía en alguna conversación, luego todo el mundo empezó a ignorarme y me quedé al lado de la drogadicta de mi madre que había ingerido dos lexatines y dormía en un incómodo sofá en una postura imposible sin mostrar ningún indicio de vida. Llegados a un punto avanzado de la noche el asqueroso café del termo empezó a hacer sus efectos y a la gente le dio por contar anécdotas graciosas, y a reír y hacer un montón de ruido. Como nadie me hacía caso me dediqué a escuchar y a hacer como si no existiera y me enteré de un montón de cotilleos y trapos sucios de todo el mundo. Mientras tenía lugar una de esas conversaciones sin fin, y se me empezaban a cerrar los ojos (¿Me habrían drogado a mí también?) una prima (creo) de mi madre, que había visto un par de veces en toda mi vida y en la que solo había reparado por poseer dos tetas como dos sandías, puso su fría mano de uñas pintadas de rojo sobre la mía para dedicarme un “Bueno, y tú, Diana, ¿cómo estás?”. Era más que evidente que la tía estaba allí porque su vida era un aburrimiento, porque a pesar de sus dos melones su marido había dejado de follársela y los días y las noches eran para ella una sucesión interminable de horas. Le respondí que estaba bien, lo que pareció contrariarle un poco. Lo hice aposta porque ella esperaba que me viniera abajo. Sin gente que se derrumba, se desmaya, gritan encolerizada o sufre ataques de ansiedad frente al cadáver, los funerales no tienen ninguna emoción. Renunciar al partido del domingo por unos familiares que no dan espectáculo es claramente una locura. Pero la tía estaba allí para joderme, y por supuesto, no se iría de allí sin darme lo mío. Así que pronunció unas palabras que me hicieron sentir escalofríos. Dijo, “he leído algunos relatos tuyos del libro que me dejó tu madre”. Miré a mi madre que babeaba en el sofá. Había utilizado todo tipo de amenazas contra ella para evitar que ese tipo de escenas tuvieran luegar. Pues nada. La puta prima de tetas gigantescas leyendo mi libro en su sofá mientras el cocido se recalentaba en la cocina. La miré desafiante ocultando mi miedo. Cogió mi mano de nuevo (odio que me toquen) y me miró con una sonrisa de madre ficticia para enunciar las siguientes palabras: “Diana, yo creo que tienes que cambiar”. Para tener el cerebro de una bacteria capaz únicamente de controlar los cuatro fuegos de la vitrocerámica sin provocar incendios y de interpretar los resultados del predictor, sabía bien cómo hacer daño. Después me soltó un asqueroso discurso del respeto hacia las personas, de la igualdad, del ser feliz con las cosas más simples, etc, etc. El increíble odio que sentí por ella me incapacitó para rebatir sus opiniones de gilipollas, me dejó sin fuerzas. Pero la tía quería juerga, así que siguió. Que si la vida había que vivirla y no amargarse por tonterías, que lo importante era ser buena persona…Entonces, y para que aquello no durase hasta que mi padre estuviera ya incinerado, alcé mi voz en el silencio y le dije que se callara de una puta vez, que no tenía ni idea de quién era yo y que reflexionase un poco antes de abrir esa puta boca. Con palabrotas y todo. Cuando terminé me di cuenta de que en la sala se había formado un sepulcral silencio, y que todos me miraban. Mi madre seguía durmiendo, así que no contaba con ningún apoyo. Las cuatro viejas que velaban el cadáver se habían acercado disimuladamente hasta nuestro grupúsculo para enterarse de lo que pasaba. Pensé en levantarme y echar a hostias a todo el mundo, decirles que se fueran a su puta casa a ver la tele, a continuar con sus vidas de mierda. Miré a la prima tetuda que llevaba pintada en la cara una ligera expresión de triunfo, una repugnante mezcla de orgullo y condescendencia, y me di cuenta de que nada de aquello importaba lo más mínimo. Me levanté y salí de allí a fumarme un cigarro detrás de otro.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Siento lo de tu padre.

supercrisis dijo...

... casi nunca sé que comentar...

Hoy sencillamente... aplaudo.

emma dijo...

Nunca he velado a nadie, aunque creo que a los muertos no hay que dejarlos solos la primera noche. Pero no sé por qué creo eso.
Tu pequeña familia me ha caido bien.

R. dijo...

Joder, Emma, ¿cómo puedes decir que su familia te cae bien?

La tía gorda esa es una pedazo de zorra inconmensurable, menuda petarda miserable y ruin. Mira que Diana tiene mala hostia y que a veces se le pira un huevo (esputos por la boca que aburren por innecesarios e infantiles), pero esta vez creo que se ha quedado corta. Que te venga alguien a echarte la charla y a decirte cómo tienes que ser cuando no te conoce, y encima en una situación como esa, es como para hundirla a insultos y descalificaciones -si no una paliza- todo lo que se pueda.

Fuiste muy elegante, Diana, y mucho más educada que la miserable de tu prima. Pero si la hubieras ridiculizado con tu verbo incendiario te hubiera aplaudido (como el de la crisis). La próxima vez que la veas, escúpela en la cara, o muérdele las tetas, que seguro que le da un síncope.

me cago en las ironias dijo...

hazte puta a deshora e iré a acosarte en tu hora libre. la virtud de tu diana no está precisamente en el asqueroso término medio. si yo fuera un coño en italia me olvidaría del orgasmus y sablería el dinero de todas las pollas buscadoras de madres. un beso perra

Diana dijo...

La mayoría de los comentarios me dan ganas de vomitar.

R. dijo...

¿¿Todavía más??

Seguro que terminan sacándote de Venecia en ambulancia, presa de un ataque mezcla entre esquizofrenia y rabia perruna...

Yo tampoco es que quiera meterme con tu vida (ya se ven mis comentarios), pero sí que te recomendaría que no termines haciéndote puta, que si no viene el de las ironías y te acosa.

¡¡Otra polla que tendrías que esquivar!!

Anónimo dijo...

Qué gran narración!

Yo he vivido algo parecido y no lo podría escribir mejor.

Gracias por el post.

plas,plas...me uno a los aplausos

Despistao

Anónimo dijo...

¿"palabrotas"? Qué infantil. Y luego vas de dura por ahí...

g.

Pepa Mizin dijo...

No sé sobre qué trataran el resto de cosas que escribes ni de donde te inspirarás para tus historias, pero si lo que escribes se parece mínimamente a estos diarios, ya será fabuloso.

Últimamente me he acordado mucho de un libro que leí teniendo 13 o 14 años y que me marcó un tanto. El caso es que sólo lo leí una vez, no fue una de estas lecturas obsesivas, pero el recuerdo de las sensaciones durante la lectura es de los más agradables que he tenido nunca. Se llama "Equipaje de mano" y el autor es Eduardo Verdú. En fin, leer este blog me reporta sensaciones parecidas, me recuerda a ese libro y me gusta mucho.

Gracias por escribir sin pensar en nosotros y aún así compartirlo. Sí, ojalá todas las lecturas fueran tan gratificantes como estas.

Las críticas que leo en los comentarios (y no es sólo porque piensen diferente a mí, lo juro) me parecen todas trozos de mierda. Nunca entenderé que los espacios buenos estén llenos de comentarios envidiosos y resentimientos variados y los espacios cutres llenos de alabanzas o palabras súper amistosas.